una que, por la solidez de sus obras, simplemente disuade la idea de su captura y, por consiguiente, ni ocupa ni consume ninguna de las fuerzas del enemigo.
3.—El Pueblo.
Aunque la influencia de un solo habitante del teatro de la guerra sobre el curso de la misma no sea, en la mayoría de los casos, más perceptible que la cooperación de una gota de agua en todo un río, aun así, incluso en los casos en que no existe tal cosa como un levantamiento general del pueblo, la influencia total de los habitantes de un país en la guerra es todo menos imperceptible. Todo resulta más fácil en nuestro propio país, siempre que no se oponga a ello el sentimiento general de la población. Todas las contribuciones, grandes y pequeñas, solo se le conceden al enemigo bajo la coacción de la fuerza directa; esa operación debe ser llevada a cabo por las tropas y requiere el empleo de muchos hombres, así como grandes esfuerzos. El defensor recibe todo lo que necesita, si bien no siempre de forma voluntaria, como en los casos de devoción entusiasta, al menos a través de los cauces de sumisión al Estado, largamente utilizados por los ciudadanos, que se han convertido en una segunda naturaleza y que, además, están respaldados por los terrores de la ley, con los cuales el ejército no tiene nada que ver. Pero la cooperación espontánea del pueblo, procedente de un afecto sincero, es en todos los casos de la mayor importancia, ya que nunca falla en todos aquellos puntos donde se puede prestar servicio sin ningún sacrificio. Solo señalaremos un punto, que es de la máxima importancia en la guerra, a saber, la información; no tanto los datos especiales, grandiosos e importantes obtenidos a través de personas empleadas para ello, sino la relativa a las innumerables pequeñas cuestiones vinculadas con