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CAPÍTULO XXVIII. Defensa de un teatro de guerra — ( continuación )

En una posición en la que nuestras fuerzas están divididas, siempre existe el peligro de verse envuelto en una guerra de posiciones, de la cual, si nuestro adversario es decidido, puede derivarse, en el mejor de los casos, únicamente una defensa relativa a gran escala, jamás una decisión como la que deseamos; y aun cuando mediante una tactica superior logremos evitar este error, con todo, al ser la resistencia preliminar con fuerzas divididas, el primer impacto se debilita notablemente, y nunca podemos estar seguros de que el cuerpo avanzado que entre en combate primero no sufra pérdidas desproporcionadas.

A esto hay que añadir que la resistencia de este cuerpo, que por lo general termina en su retirada hacia el grueso principal, se presenta ante las tropas como un combate perdido o un fracaso de los planes, y la fuerza moral se resiente en consecuencia.

El segundo medio, el de colocar toda nuestra fuerza frente al enemigo, en cualquier dirección que este encamine su marcha, conlleva el riesgo de que lleguemos demasiado tarde y, así, entre dos medidas, quedarnos cortos en ambas.

Aparte de esto, una batalla defensiva requiere sangre fría y reflexión, un conocimiento, e incluso un conocimiento íntimo del país, que no puede esperarse en un movimiento oblicuo apresurado hacia un flanco.

Por último, las posiciones adecuadas para un buen campo de batalla defensivo son demasiado raras de encontrar como para contar con ellas en cada punto de cada camino.

Por otra parte, el tercer medio, a saber, atacar al enemigo por el flanco, dando por tanto batalla con un cambio de frente, conlleva grandes ventajas.

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