hubo mayor energía por parte del comandante y mayor experiencia en la guerra por parte de las tropas. Hemos tomado esta batalla como ejemplo porque en ella se dio una igualdad en el número de efectivos por cada bando que rara vez suele encontrarse.
No sostenemos que todas las batallas se asemejen exactamente a esta, pero muestra el tono dominante de la mayoría de ellas.
En una batalla en la que las fuerzas prueban sus respectivas fortalezas con tanta parsimonia y método, un exceso de fuerza en un bando debe hacer que el resultado a su favor sea mucho más cierto.
Y es un hecho que podemos buscar en vano en la historia militar moderna una batalla en la que un ejército haya derrotado a otro que doblaba sus propias fuerzas, un acontecimiento que no era en absoluto infrecuente en tiempos pasados. Buonaparte, el mayor general de los tiempos modernos, en todas sus grandes batallas victoriosas —con una sola excepción, la de Dresde en 1813— se habíais ingeniado para reunir un ejército superior en número, o al menos muy poco inferior, al de su adversario, y cuando le fue imposible hacerlo, como en Leipzig, Brienne, Laon y Belle-Alliance, fue derrotado.
La fuerza absoluta es en la estrategia por lo general una cantidad dada, que el comandante no puede alterar. Pero de esto no se sigue en modo alguno que sea imposible hacer la guerra con una fuerza decididamente inferior. La guerra no siempre es un acto voluntario de la política de Estado, y menos que nunca lo es cuando las fuerzas son muy desiguales: en consecuencia, es concebible cualquier relación de fuerzas en la guerra, y sería una extraña teoría de la guerra la que quisiera renunciar a su función justo allí donde más se la necesita.
Por muy deseable que la teoría pueda considerar una fuerza proporcionada, no puede afirmar que no se pueda hacer ningún uso de la más desproporcionada. No se pueden prescribir límites a este respecto.