Daun, luego su izquierdo, después nuevamente el derecho, etc.? ¿Hemos de ver una sabiduría profunda en esto? No, no podemos hacerlo si hemos de juzgar con naturalidad y sin afectación. Lo que más admiramos por encima de todo es la sagacidad del rey en este sentido: que, al perseguir un gran objetivo con medios muy limitados, no emprendió nada que estuviera más allá de sus fuerzas, y lo justo para alcanzar su objetivo. ¡Esta sagacidad del general se manifiesta no solo en esta campaña, sino a lo largo de las tres guerras del gran rey!
Llevar a Silesia al puerto seguro de una paz sólidamente garantizada era su objetivo.
Al frente de un pequeño Estado, que en la mayoría de las cosas era como los demás, y solo se adelantaba a ellos en algunos ramos de la administración, no podía ser un Alejandro y, como Carlos XII, solo se habría roto la cabeza, como él.
Hallamos, por tanto, en toda su conducción de la guerra, un poder controlado, siempre bien equilibrado y nunca carente de energía, que en los momentos más críticos se eleva a hechos asombrosos y al momento siguiente vuelve a oscilar tranquilamente en subordinación al juego de las influencias políticas más sutiles.
Ni la vanidad, ni la sed de gloria, ni la venganza pudieron hacerlo desviar de su curso, y este curso es el único que lo condujo a un término afortunado de la contienda.
Estas pocas palabras hacen apenas justicia a esta faceta del genio del gran General; hay que fijar la vista atentamente en el extraordinario desenlace de la lucha, y rastrear las causas que lo provocaron, para comprender a fondo que nada más que la penetrante mirada del Rey lo sacó a salvo de todos sus peligros.