fuerza violenta más o menos vehemente, que en consecuencia realiza sus descargas y agota sus poderes con mayor o menor rapidez —en otras palabras, conduciendo más o menos rápidamente hacia el objetivo, pero durando siempre lo suficiente como para permitir que se ejerza influencia sobre ella en su curso, de modo que se le dé esta o aquella dirección, en suma, para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia rectora—. Si reflexionamos en que la guerra tiene su raíz en un objeto político, entonces, naturalmente, este motivo original que la trajo a la existencia debe continuar siendo también la primera y más alta consideración en su conducción. Con todo, el objeto político no es por ello un legislador déspota; debe acomodarse a la naturaleza de los medios, y aunque los cambios en estos medios puedan implicar modificaciones en el objetivo político, este último conserva siempre un derecho prioritario de consideración. La política, por lo tanto, está entretejida con toda la acción de la guerra y debe ejercer una influencia continua sobre ella, hasta donde la naturaleza de las fuerzas liberadas por esta lo permita.
24. LA GUERRA ES LA MERA CONTINUACIÓN DE LA POLÍTICA POR OTROS MEDIOS.
Vemos, por lo tanto, que la guerra no es meramente un acto político, sino también un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad comercial política, una ejecución de la misma por otros medios. Todo lo que está más allá de esto y es estrictamente peculiar de la guerra se relaciona meramente con la naturaleza peculiar de los medios que utiliza. Que las tendencias y los puntos de vista de la política no sean incompatibles con estos medios es lo que el arte de la guerra en general y el comandante en cada caso particular pueden exigir, y esta exigencia no es ciertamente insignificante. Pero por mucho que esto pueda repercutir en los puntos de vista políticos en casos particulares, siempre debe considerarse como una mera