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CAPÍTULO IX. Plan de guerra cuando el objeto es la destrucción del enemigo

El segundo principio concierne al uso rápido de las fuerzas.

Todo gasto innecesario de tiempo, todo rodeo innecesario, es un desperdicio de energía y, por tanto, contrario a los principios de la estrategia.

Es sumamente importante tener siempre presente que casi la única ventaja que posee la ofensiva es el efecto de sorpresa en el inicio de la acción.

La rapidez y la impetuosidad irresistible son sus alas más fuertes; y cuando el objetivo es el derrocamiento completo del enemigo, rara vez puede prescindir de ellas.

Por consiguiente, según esto, la teoría exige el camino más corto hacia el objeto, y excluye por completo de su consideración las discusiones interminables sobre la derecha y la izquierda, el aquí y el allí.

Si traemos a la memoria lo que se dijo en el capítulo sobre el tema del ataque estratégico respecto al punto vulnerable de un Estado, y además, lo que aparece en el cuarto capítulo de este libro, sobre la influencia del tiempo, creemos que no se requiere mayor argumento para probar que la influencia que reclamamos para dicho principio realmente le pertenece.

Buonaparte nunca actuó de otro modo. El camino real más corto de ejército a ejército, de una capital a otra, fue siempre el que más le gustaba.

¿Y en qué consistirá ahora la acción principal a la que lo hemos subordinado todo, y para la cual hemos exigido una ejecución rápida y directa?

En el cuarto capítulo hemos explicado, hasta donde es posible de un modo general, lo que significa el derrumbamiento total del enemigo, y es innecesario repetirlo. Cualquiera que sea el factor del que esto dependa en último término en los casos particulares, el primer paso es siempre el

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