Para ambos fines, el valor de estas carreteras depende de su longitud, su número, su situación, es decir, su dirección general y su dirección especialmente en lo que respecta al ejército, su naturaleza como caminos, las dificultades del terreno, las relaciones políticas y el sentimiento de la población local y, por último, de la protección que reciben de las fortalezas o de los obstáculos naturales del país.
Pero todos los caminos que conducen desde el punto ocupado por un ejército hasta sus fuentes de existencia y poder no son por ello necesariamente líneas de comunicación para ese ejército.
Sin duda pueden ser utilizados con ese fin, y pueden considerarse suplementarios del sistema de comunicación, pero dicho sistema se limita a las líneas preparadas regularmente para tal fin.
Únicamente aquellos caminos en los que se organizan almacenes, hospitales, estaciones, puestos para despachos y cartas bajo comandantes con policía y guarniciones, pueden ser considerados como verdaderas líneas de comunicación.
Pero aquí hace su aparición una diferencia muy importante entre nuestro ejército y el del enemigo, una que a menudo se pasa por alto.
Un ejército, incluso en su propio país, tiene sus líneas de comunicación preparadas, pero no está completamente limitado a ellas y puede, en caso de necesidad, cambiar de línea, tomando otra que se le presente, pues se encuentra en su propia casa en todas partes, cuenta con funcionarios con autoridad y con el sentimiento amistoso del pueblo.
Por lo tanto, aunque otros caminos no sean tan buenos como los elegidos en un principio, no hay nada que impida utilizarlos, y su uso no debe considerarse imposible en el caso de que el ejército sea rebasado y se vea obligado a cambiar de frente.