a favor y en contra del curso del agua; en montañas elevadas, como los Alpes, extendidos frecuentemente a lo largo de los valles; entre montañas de una clase inferior, como los Sudetes (y esta es la anomalía más extraña), a mitad de la pendiente, en su descenso hacia el defensor, por lo tanto con la cordillera principal al frente, como la posición en la que Federico el Grande, en 1762, cubrió el sitio de Schweidnitz, con el «Hohe Eule» ante el frente de su campamento.
Las célebres posiciones de Schmotseifen y Landshut, en la Guerra de los Siete Años, se encuentran en su mayor parte en el fondo de los valles. Lo mismo ocurre con la posición de Feldkirch, en el Vorarlsberg.
En las campañas de 1799 y 1800, los principales puestos, tanto de los franceses como de los austriacos, estuvieron siempre situados de lleno en los valles, no solo cruzándolos para cerrarlos, sino también de forma paralela a ellos, mientras que las crestas o bien no estaban ocupadas en absoluto, o lo estaban tan solo por unos pocos puestos aislados.
Las cumbres de los Alpes superiores, en particular, son de tan difícil acceso y ofrecen tan poco espacio para el alojamiento de tropas, que sería imposible situar allí a cuerpos considerables de hombres. Ahora bien, si hemos de tener ejércitos en las montañas por fuerza para conservarlas, no hay más remedio que situarlos en los valles. A primera vista esto parece erróneo porque, de acuerdo con las ideas teóricas imperantes, se diría que las alturas dominan los valles. Pero en realidad no es así. Las cordilleras montañosas solo son accesibles por unos pocos senderos y caminos rudos, con escasas excepciones transitables únicamente para la infantería, mientras que las carreteras para carruajes se encuentran en los valles. El enemigo solo puede aparecer allí en ciertos puntos con