Cuando los aliados formaron su plan para la segunda parte de la campaña de 1813, teniendo en cuenta su gran superioridad numérica, bien podían albergar en ese momento la idea de atacar con su fuerza principal la derecha de Buonaparte en el Elba, trasladando así el teatro de guerra del Óder al Elba.
Su fracaso en Dresde no debe atribuirse a este plan general, sino a sus disposiciones defectuosas, tanto estratégicas como tácticas. Podrían haber concentrado 220.000 hombres en Dresde frente a los 130.000 de Buonaparte, una proporción numérica sumamente favorable (en Leipzig, al menos, la proporción era de 285 a 157).
Es verdad que Buonaparte había distribuido sus fuerzas de manera demasiado uniforme para el sistema particular de defensa en una sola línea (en Silesia 70.000 contra 90.000, en la Marca —de Brandeburgo— 70.000 contra 110.000), pero en todo caso le habría sido difícil, sin abandonar por completo Silesia, reunir en el Elba una fuerza que pudiera haber disputado al ejército principal de los aliados una batalla decisiva.
Los aliados también podrían haber llamado fácilmente al ejército de Wrede hacia el Meno y haberlo empleado para intentar cortar a Buonaparte el camino hacia Maguncia.
Por último, en 1812, los rusos podrían haber dirigido su ejército de Moldavia hacia Volinia y Lituania para avanzarlo después contra la retaguardia del ejército francés principal, porque era del todo seguro que Moscú debía ser el punto extremo de la línea de operaciones francesa. Por ninguna parte de Rusia más allá de Moscú había nada que temer en esa campaña, por lo que el ejército principal ruso no tenía motivos para considerarse demasiado débil.
Este mismo plan formaba parte de la disposición de las fuerzas establecida en el primer plan defensivo propuesto por el general Phul, según el cual el ejército de Barclay debía ocupar el campamento de