Habiendo tratado de los medios defensivos más importantes, podríamos quizás contentarnos con dejar que el modo en que estos medios se adhieren al plan de defensa en su conjunto sea discutido en el último Libro, el cual estará dedicado al Plan de una guerra; pues de este emana todo proyecto secundario, ya sea de ataque o de defensa, y en él se determinan sus rasgos principales; y, además, en muchos casos el plan de la guerra misma no es más que el plan de ataque o defensa del principal teatro de operaciones.
Pero no nos ha sido posible comenzar con la guerra en su conjunto, a pesar de que en la guerra, más que en cualquier otra fase de la actividad humana, las partes son modeladas por el todo, impregnadas y alteradas esencialmente por su carácter; en lugar de ello, nos hemos visto obligados a familiarizarnos a fondo, en primer lugar, con cada asunto individual como una parte separada. Sin esta progresión de lo simple a lo complejo, una serie de ideas indefinidas nos habría abrumado y las múltiples fases de la acción recíproca en particular habrían confundido constantemente nuestras concepciones.
Por consiguiente, seguiremos avanzando hacia el todo un paso a la vez; es decir, consideraremos la defensa de un teatro en sí misma y buscaremos el hilo mediante el cual los temas ya tratados se conectan con él.
La defensiva, según nuestra concepción, no es sino la forma más fuerte de combate. La conservación de las fuerzas propias y la destrucción de las del enemigo —en una palabra, la victoria— es la finalidad de esta lid, pero al mismo tiempo no es su objeto último.