Estamos muy lejos de sostener la opinión de que un ministro de la guerra, sofocado entre papeles oficiales, un ingeniero científico, o incluso un soldado bien probado en el campo de batalla, cualquiera de ellos, fuera necesariamente el mejor ministro de Estado allí donde el soberano no actúa por sí mismo; o, en otras palabras, no queremos decir que este conocimiento de la naturaleza de la guerra sea la cualificación principal para un ministro de la guerra; la elevación, la superioridad de mentalidad, la fuerza de carácter, estas son las cualificaciones principales que debe poseer; el conocimiento de la guerra puede suplirse de un modo u otro. Francia nunca estuvo peor aconsejada en sus asuntos militares y políticos que por los dos hermanos Belleisle y el duque de Choiseul, a pesar de que los tres eran buenos soldados.
Si la guerra ha de armonizar por completo con las miras políticas y la directriz, y acomodarse a los medios disponibles para ella, solo hay una alternativa recomendable cuando el estadista y el soldado no se combinan en una sola persona, a saber: hacer del comandante en jefe un miembro del gabinete, para que pueda tomar parte en sus consejos y decisiones en las ocasiones importantes.
Pero, por otra parte, esto solo es posible cuando el gabinete, es decir, el propio gobierno, se encuentra cerca del teatro de la guerra, de modo que las cuestiones puedan resolverse sin una pérdida grave de tiempo.
Esto es lo que hizo el Emperador de Austria en 1809, y los soberanos aliados en 1813, 1814, 1815, y el arreglo resultó completamente satisfactorio.
La influencia de cualquier militar que no sea el General en Jefe en el gabinete es sumamente peligrosa; muy rara vez conduce a una acción capaz y enérgica. El ejemplo de Francia en 1793, 1794, 1795, cuando Carnot, residiendo en París, dirigió la conducción de la guerra, debe