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CAPÍTULO III. El genio para la guerra

Por tanto, afirmamos una vez más que una mente fuerte no es aquella que es meramente susceptible a una fuerte excitación, sino aquella que puede mantener su serenidad bajo la excitación más poderosa, de modo que, a pesar de la tormenta en el pecho, la percepción y el juicio puedan actuar con perfecta libertad, como la aguja de la brújula en el barco sacudido por la tempestad.

Por el término fuerza de carácter, o simplemente carácter, se denota la tenacidad de convicción, ya sea el resultado de opiniones propias o ajenas, y tanto si son principios, opiniones, inspiraciones pasajeras o cualquier clase de emanaciones del entendimiento; pero esta clase de firmeza ciertamente no puede manifestarse si los puntos de vista mismos están sujeta a frecuentes cambios. Este cambio frecuente no necesita ser consecuencia de influencias externas; puede provenir de la continua actividad de nuestra propia mente, en cuyo caso indica una inconstancia mental característica. Es evidente que no diríamos de un hombre que cambia de opinión a cada momento, por mucho que los motivos del cambio provengan de él mismo, que tiene carácter. Por tanto, solo puede decirse que tienen esta cualidad aquellos hombres cuya convicción es muy constante, ya sea porque está profundamente arraigada y es clara en sí misma, poco propensa a la alteración, o porque, como en el caso de los hombres indolentes, hay una falta de actividad mental y, por consiguiente, una falta de motivos para cambiar; o por último, porque un acto explícito de la voluntad, derivado de una máxima imperativa del entendimiento, rechaza cualquier cambio de opinión hasta cierto punto.

Ahora bien, en la Guerra, debido a las numerosas y poderosas impresiones a las que la mente está expuesta, y ante la incertidumbre de todo conocimiento y de toda ciencia, ocurren más cosas para distraer a un hombre del camino que ha emprendido, para hacerle dudar de sí mismo y de los demás, que en cualquier otra actividad humana.

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