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Introducción

organismos vivos que solo puede dominarse comprendiendo su naturaleza. Es con ese espíritu que, una tras otra, todas las naciones del continente, aleccionadas por lecciones tan drásticas como Königgrätz y Sedán, han aceptado la lección, con el resultado de que hoy Europa es un campamento armado, y la paz se mantiene mediante el equilibrio de fuerzas, y continuará exactamente mientras exista este equilibrio, y ni un segundo más.

Si este estado de equilibrio es en sí mismo algo bueno o deseable puede ser motivo de debate. Lo he tratado extensamente en mi obra La guerra y la vida del mundo (War and the World’s Life); pero me atrevo a sugerir que, para nadie, una renovación de la era bélica representaría un cambio a mejor, al menos en lo que respecta a la humanidad actual.

Sin embargo, entretanto, con cada año que transcurre, las fuerzas que actualmente se encuentran en equilibrio cambian de magnitud: la presión de las poblaciones que deben ser alimentadas va en aumento, y una explosión a lo largo de la línea de menor resistencia es, tarde o temprano, inevitable.

A juzgar por las enseñanzas de la reciente Conferencia de La Haya, ningún Gobierno responsable en el Continente está ansioso por constituir por sí mismo esa línea de menor resistencia; ellos saben muy bien lo que significaría la guerra; y nosotros solos, absolutamente inconscientes de la tendencia del pensamiento dominante en Europa, estamos derribando el dique que en cualquier momento puede hacer que se nos venga encima el torrente de la invasión.

Ahora bien, ningún hombre responsable en Europa, quizás el que menos en Alemania, nos agradece esta destrucción voluntaria de nuestras defensas, pues todos los que tienen alguna importancia preferirían con mucho terminar sus días en paz antes que incurrir en la carga de la responsabilidad que la Guerra acarrearía.

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