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CAPÍTULO X. Fortalezas

Por otra parte, han pasado los tiempos en que el mero hecho de cercar un lugar con murallas, sin preparación militar alguna, podía mantenerlo a salvo durante una inundación de guerra que arrasara todo el país.

Tal posibilidad se debía en parte a la antigua división de las naciones en pequeños Estados, y en parte al carácter periódico de las incursiones entonces en uso, que tenían una duración fija y muy limitada, casi acorde con las estaciones, ya que las fuerzas feudales se apresuraban a volver a casa o la paga de los condotieros solía agotarse regularmente.

Dado que los grandes ejércitos permanentes, con poderosos trenes de artillería, siegan la resistencia de murallas o baluartes como si de una máquina se tratara, ni las ciudades ni otras pequeñas corporaciones tienen ya la menor inclinación a arriesgar todos sus recursos solo para ser tomadas unas pocas semanas o meses más tarde, y tratados entonces tanto peor.

Menos aún puede ser de interés para un ejército fragmentarse en guarniciones para un conjunto de plazas fuertes, que tal vez retrasen por un tiempo el avance del enemigo, pero que al final habrán de rendirse. Debemos conservar siempre suficientes fuerzas, además de las guarniciones, para igualar al enemigo en campo abierto, a menos que podamos contar con la llegada de un aliado que auxilie nuestras plazas fuertes y libere a nuestro ejército.

En consecuencia, el número de fortalezas se ha reducido considerablemente, lo que a su vez ha llevado a abandonar la idea de proteger directamente a la población y los bienes de las ciudades mediante fortificaciones, promoviendo en su lugar la concepción de las fortalezas como una protección indirecta para el país, al que aseguran mediante su importancia estratégica como nudos que sostienen la red estratégica.

Tal ha sido el curso de las ideas, no solo en los libros sino también en la experiencia real, al mismo tiempo que, como suele suceder, se ha alargado

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