a debilitarse materialmente en España en 1809, y habría tenido que abandonar por completo la lucha en ese país de no haber tenido, por lo demás, una gran superioridad, tanto física como moral, sobre Austria.
Por consiguiente, estos tres casos deben estudiarse cuidadosamente, para que no perdamos en el último la causa que hemos ganado en los anteriores, y seamos condenados en costas.
Al estimar la intensidad de las fuerzas y lo que puede efectuarse mediante ellas, muy a menudo surge la idea de considerar el tiempo, por analogía dinámica, como un factor de las fuerzas, y de suponer en consecuencia que medio esfuerzo, o la mitad del número de fuerzas, lograría en dos años lo que solo podría efectuarse en uno por la totalidad de la fuerza reunida.
Este punto de vista, que se halla en la base de los planes militares, a veces de manera clara y a veces menos evidente, es completamente erróneo.
Una operación en la guerra, como todo lo demás sobre la tierra, requiere su tiempo; como es natural, no podemos ir a pie de Vilna a Moscú en ocho días; pero no se halla en la guerra ningún rastro de acción recíproca entre el tiempo y la fuerza, tal como tiene lugar en la dinámica.
El tiempo es necesario para ambos beligerantes, y la única cuestión es: ¿cuál de los dos, a juzgar por su posición, tiene más razones para esperar ventajas especiales del tiempo? Ahora bien (excluyendo las peculiaridades de la situación en un bando o en el otro), el vencido tiene claramente más razones, ciertamente no por leyes dinámicas, sino psicológicas. La envidia, los celos, la ansiedad por uno mismo, así como de vez en cuando la magnanimidad, son los intercesores naturales del desgraciado; le suscitan amigos por un lado, y por el otro debilitan y disuelven la coalición entre sus enemigos. Por consiguiente, mediante la demora es más probable que ocurra algo ventajoso para el conquistado que para el conquistador.