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CAPÍTULO III. El genio para la guerra

A tales personas no les falta ni actividad ni ecuanimidad en la guerra; pero nunca lograrán nada grande a menos que una gran fuerza intelectual les proporcione el motivo, y es muy raro que una mente fuerte e independiente se combine con semejante carácter.

Los sentimientos excitables e inflamables son de por sí poco aptos para la vida práctica y, por consiguiente, muy poco adecuados para la Guerra. Tienen sin duda la ventaja de los impulsos fuertes, pero estos no pueden sostenerse por mucho tiempo.

Al mismo tiempo, si en tales hombres la excitabilidad toma la dirección del valor o del sentido del honor, a menudo pueden ser muy útiles en puestos inferiores en la Guerra, porque la acción bélica sobre la cual los comandantes de puestos inferiores tienen control es generalmente de menor duración.

Aquí una resolución valiente, una efervescencia de las fuerzas del alma, bastará a menudo. Un ataque valiente, un ¡hurra! que conmueva el alma, es la obra de unos pocos momentos, mientras que un combate valiente en el campo de batalla es la obra de un día, y una campaña, la obra de un año.

Debido a la rápida agilidad de sus sentimientos, es doblemente difícil para los hombres de esta índole conservar el equilibrio mental; por tanto, pierden la cabeza con frecuencia, y esa es la peor fase de su naturaleza en lo que respecta a la conducción de la guerra. Pero iría en contra de la experiencia sostener que los espíritus muy excitables jamás pueden preservar un equilibrio firme —es decir, que no pueden hacerlo ni siquiera bajo la excitación más intensa—.

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