de hacerlas; y si tiene un cierto estilo, una gran parte de su individualidad está contenida en él, la cual no siempre concuerda con la individualidad de la persona que copia su
Al mismo tiempo, no sería posible ni correcto desterrar por completo el metodicismo subjetivo o el manierismo de la conducción de la guerra; debe considerarse más bien como una manifestación de aquella influencia que el carácter general de una guerra ejerce sobre sus acontecimientos aislados, a la cual solo se le puede hacer justicia de ese modo, si la teoría no es capaz de prever este carácter general e incluirlo en sus consideraciones.
¿Qué hay más natural que el hecho de que la guerra de la Revolución Francesa tuviera su propia manera de hacer las cosas? ¿Y qué teoría podría haber incluido jamás ese método peculiar?
El único mal es que semejante manierismo, originado en un caso especial, sobrevive fácilmente a su propia época, puesto que continúa mientras las circunstancias cambian de manera imperceptible. Esto es lo que la teoría debería prevenir mediante una crítica lúcida y racional.
Cuando en el año 1806 los generales prusianos, el príncipe Luis en Saalfeld, Tauentzien en el Dornberg, cerca de Jena, Grawert delante y Rüchel detrás de Kapellendorf, se lanzaron todos en las fauces abiertas de la destrucción según el orden oblicuo de Federico el Grande, y se ingeniaron para arruinar el ejército de Hohenlohe de un modo en que ningún ejército fue arruinado jamás, ni siquiera en el campo de batalla, todo esto se hizo mediante un manierismo que había sobrevivido a su tiempo, junto con la estupidez más redomada a la que el metodicismo jamás condujo.