fuerte, es decir, no es inexpugnable, correríamos el riesgo de vernos obligados a combatir sin disponer del dominio de ninguna retirada.
El año de 1806 ofrece un ejemplo que arroja luz sobre esto. La disposición del ejército prusiano, en la margen derecha del Saal, bien podría haber llegado a ser, respecto al avance de Buonaparte por Hof, una posición de flanco en todos los sentidos, si el ejército se hubiera desplegado con su frente paralelo al Saal y allí, en dicha posición, hubiera aguardado el curso de los acontecimientos.
Si no hubiera habido aquí una desproporción tan grande de fuerzas morales y físicas, si tan solo hubiera estado un Daun a la cabeza del ejército francés, entonces la posición prusiana habría podido mostrar su eficacia con un resultado sumamente brillante. Pasarla por alto era del todo imposible; eso lo reconoció Buonaparte con su resolución de atacarla; al cortarle la línea de retirada, ni siquiera el propio Buonaparte tuvo completo éxito, y si la desproporción en las relaciones físicas y morales no hubiera sido tan grande, eso habría sido tan poco practicable como el pasarla por alto, pues el ejército prusiano corría mucho menos peligro de que su ala izquierda fuera superada de lo que el ejército francés lo habría corrompido la derrota de su ala izquierda. Aun con la desproporción de poder físico y moral tal como existía, un ejercicio resuelto y sagaz del mando todavía habría ofrecido grandes esperanzas de victoria. Nada impedía que el duque de Brunswick tomara disposiciones el día 13 para que, en la mañana del día 14, al romper el alba, pudiera haber opuesto 80.000 hombres a los 60.000 con los que Buonaparte cruzó el Saale, cerca de Jena y Dornburg. Si incluso esta superioridad numérica y el empinado valle del Saale a espaldas de los franceses no hubiesen bastado para lograr una victoria decisiva, aún así era una afortunada concurrencia de circunstancias y, si con tales ventajas no se podía obtener una decisión exitosa, no cabía