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CAPÍTULO IX. Ataque a posiciones defensivas

En el libro sobre la defensa, se ha explicado suficientemente hasta qué punto las posiciones defensivas pueden obligar al asaltante a atacarlas o a renunciar a su avance. Solo aquellas que logran esto sirven a nuestro objeto, y son adecuadas para desgastar o neutralizar las fuerzas del agresor, ya sea en su totalidad o en parte, y en la medida en que el ataque nada puede contra tales posiciones, es decir, no existen medios a su disposición con los cuales contrarrestar esta ventaja. Pero las posiciones defensivas no son todas verdaderamente de este tipo. Si el asaltante ve que puede proseguir su objetivo sin atacar tal posición, cometería un error al realizar el ataque; si no puede llevar a cabo su objeto, se plantea entonces la cuestión de si no podrá desalojar al enemigo de su posición mediante una maniobra que amenace su flanco. Solo si tales medios resultan ineficaces, un comandante se decide a atacar una buena posición, y entonces un ataque dirigido contra un flanco presenta siempre, por lo general, menor dificultad; pero la elección del flanco debe depender de la posición y dirección de las líneas de retirada recíprocas, y consecuentemente de la amenaza a la retirada del enemigo y la cobertura de la propia. Entre estos dos objetivos puede surgir una pugna, en cuyo caso el primero tiene derecho a la preferencia, por ser de naturaleza ofensiva y, por lo tanto, homogéneo con el ataque, mientras que el otro posee un carácter defensivo. Pero es seguro, y puede considerarse como una verdad de primordial importancia, que atacar a un enemigo completamente curado de espantos en la guerra, desde una buena posición, es algo crítico. Sin duda no faltan ejemplos

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