Es, tal vez, no imposible escribir una teoría sistemática de la guerra llena de espíritu y sustancia, pero las nuestras, hasta ahora, han sido muy al contrario. Por no hablar de su espíritu no científico, en su afán por lograr la coherencia y la exhaustividad del sistema, desbordan lugares comunes, perogrulladas y tonterías de toda clase. Si queremos una estampa llamativa de ellas, no tenemos más que leer el extracto de Lichtenberg sobre un reglamento en caso de incendio.
Si una casa se incendia, debemos procurar, ante todo, proteger el lado derecho de la casa situada a la izquierda y, por otra parte, el lado izquierdo de la casa situada a la derecha; pues si nosotros, por ejemplo, protegiéramos el lado izquierdo de la casa de la izquierda, entonces el lado derecho de la casa se encuentra a la derecha de la izquierda y, en consecuencia, como el fuego se encuentra a la derecha de este lado y del lado derecho (pues hemos supuesto que la casa está situada a la izquierda del fuego), por tanto, el lado derecho está situado más cerca del fuego que el izquierdo, y el lado derecho de la casa podría incendiarse si no se le protegiera antes de llegar al izquierdo, que está protegido.
En consecuencia, algo podría quemarse sin estar protegido, y eso antes de que otra cosa se quemara, aun si no estuviera protegida; por consiguiente, debemos dejar en paz a esta última y proteger a la primera.
Para grabarse la cosa en la memoria, no tenemos más que notar que si la casa está situada a la derecha del fuego, entonces es el lado izquierdo, y si la casa está a la izquierda, es el lado derecho.
Para no asustar al lector inteligente con tales lugares comunes, y hacer que el poco bien que hay resulte desagradable echándole agua encima, el Autor ha preferido dar en pequeños lingotes de metal fino sus impresiones y convicciones, fruto de muchos años de reflexión sobre la guerra, de su trato con hombres capaces y de una dilatada experiencia personal.