agricultura, en la construcción de casas y obras hidráulicas, en la minería, en la caza y la dasonomía—, todas ellas están confinadas dentro de espacios muy limitados que pronto pueden explorarse con la exactitud suficiente. Pero el Comandante en la Guerra debe confiar el asunto que tiene entre manos a un espacio correspondiente que su vista no puede abarcar, que el celo más ferviente no siempre puede explorar y con el cual, debido a los constantes cambios que tienen lugar, tampoco puede llegar a familiarizarse debidamente la mayoría de las veces. Ciertamente, el enemigo se encuentra por lo general en la misma situación; aun así, en primer lugar, la dificultad, aunque común a ambos, no deja de ser una dificultad, y aquel que mediante el talento y la práctica la supere tendrá una gran ventaja de su lado; en segundo lugar, esta igualdad de la dificultad en ambos bandos es meramente una suposición abstracta que rara vez se realiza en el caso particular, ya que uno de los dos oponentes (el defensivo) suele conocer mucho mejor la localidad que su adversario.
Esta dificultad tan peculiar debe ser superada por un don mental natural de una clase especial que se conoce con el término —demasiado restringido— de Ortsinn, sentido de la localidad.
Es la capacidad de formarse rápidamente una idea geométrica correcta de cualquier porción de terreno y, en consecuencia, de poder encontrar en ella el propio lugar exactamente en cualquier momento. Esto es claramente un acto de la imaginación.
La percepción sin duda se forma en parte por medio del ojo físico, en parte por la mente, que suple lo que falta con ideas derivadas del conocimiento y la experiencia, y a partir de los fragmentos visibles para el ojo físico forma un todo; pero que este todo se presente con viveza a la razón, se convierta en una imagen, en un mapa trazado mentalmente, que esta imagen quede fijada, que los detalles no vuelvan a separarse jamás: todo eso solo puede ser efectuado por la facultad mental que llamamos imaginación.