Habiendo examinado en el capítulo precedente el combate en su forma absoluta, como el cuadro en miniatura de toda la guerra, pasamos ahora a las relaciones que este guarda con las otras partes del gran todo.
Primero preguntamos cuál es más precisamente la significación de un combate.
Como la Guerra no es otra cosa que un proceso mutuo de destrucción, la respuesta más natural en el plano conceptual, y quizás también en la realidad, parece ser que todas las fuerzas de cada parte se unan en un gran volumen y que todo culmine en un gran choque de estas masas.
Hay ciertamente mucha verdad en esta idea, y parece muy aconsejable que nos adhiramos a ella y que, por esa razón, consideremos al principio los pequeños combates únicamente como una pérdida necesaria, semejante a las virutas del cepillo de un carpintero.
Aun así, sin embargo, el asunto no puede resolverse con tanta facilidad.
Que de una fragmentación de las fuerzas resulte una multiplicación de los combates es algo natural, y por lo tanto los objetivos más inmediatos de los combates separados se nos presentarán bajo el tema de la fragmentación de las fuerzas; pero estos objetivos, y junto con ellos la masa entera de los combates, pueden en general incluirse en ciertas clases, y el conocimiento de estas clases contribuirá a hacer nuestras observaciones más inteligibles.