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CAPÍTULO IX. La sorpresa

inesperada, podemos mencionar la invasión de Silesia por Federico el Grande. Grandes y poderosos son aquí los resultados en todas partes, pero tales acontecimientos no son comunes en la historia si no confundimos con ellos los casos en que un Estado, por falta de actividad y energía (Sajonia en 1756 y Rusia en 1812), no ha completado sus preparativos a tiempo.

Ahora aún queda una observación que concierne a la esencia del asunto.

Una sorpresa solo puede ser efectuada por aquella parte que impone la ley a la otra; y quien tiene la razón impone la ley. Si sorprendemos al adversario con una medida equivocada, en lugar de cosechar buenos resultados, es posible que tengamos que encajar un buen golpe como respuesta; en cualquier caso, el adversario no necesita preocuparse demasiado por nuestra sorpresa, pues tiene en nuestro error el medio para apartar el mal.

Como la ofensiva incluye en sí misma mucha más acción positiva que la defensiva, la sorpresa tiene sin duda más cabida en el atacante, pero de ningún modo de forma invariable, como veremos más adelante. Las sorpresas mutuas por parte de la ofensiva y de la defensiva pueden, por tanto, encontrarse, y entonces tendrá la ventaja aquel que haya dado mejor en el clavo.

Así debería ser, pero la vida práctica no se atiene a esta línea de manera tan exacta, y ello por una razón muy sencilla. > Los efectos morales que acompañan a una sorpresa a menudo convierten el peor de los casos en uno favorable para el bando al que benefician, y no permiten que el otro tome una determinación ordenada. Tenemos aquí a la vista, más que en ninguna otra parte, no solo al Comandante en jefe, sino a cada uno de los individuos en

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