sentimiento de pasión, de tal modo que al final las masas físicas de los combatientes ya no fuesen necesarias; en realidad, sus meras relaciones bastarían: una especie de acción algebraica.
La teoría empezaba a derivar en esta dirección hasta que los hechos de la última Guerra() le enseñaron algo mejor. Si la guerra es un acto de fuerza, pertenece necesariamente también a los sentimientos. Si no se origina en los sentimientos, reacciona*, en mayor o menor medida, sobre ellos, y la magnitud de esta reacción no depende del grado de civilización, sino de la importancia y la duración de los intereses en juego.
Por tanto, si encontramos que las naciones civilizadas no dan muerte a sus prisioneros, no devastan ciudades y países, esto se debe a que su inteligencia ejerce una mayor influencia en su modo de hacer la guerra, y les ha enseñado medios más eficaces de aplicar la fuerza que estos rudos actos de mero instinto.
La invención de la pólvora, el constante progreso de las mejoras en la construcción de armas de fuego, son pruebas suficientes de que la tendencia a destruir al adversario que se halla en la base del concepto de la guerra no ha sido en modo alguno alterada ni modificada por el progreso de la civilización.
Por tanto, repetimos nuestra proposición de que la guerra es un acto de violencia llevado a su extremo absoluto; como una de las partes impone su ley a la otra, surge una especie de acción recíproca que lógicamente debe conducir a un extremo. Esta es la primera acción recíproca y el primer extremo con el que nos encontramos (primera acción recíproca).
4. EL OBJETIVO ES DESARMAR AL ENEMIGO.
Ya hemos dicho que el fin de toda acción en la guerra es desarmar al enemigo, y ahora demostraremos que esto, al menos en teoría, es indispensable.