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CAPÍTULO XI. Fortaleza ( Continuación )

Hemos hablado ya del objeto de las fortalezas; veamos ahora su situación.

Al principio el tema parece muy complicado, si pensamos en la diversidad de objetos, cada uno de los cuales puede a su vez verse modificado por la localidad; pero tal punto de vista tiene muy poco fundamento si nos atenemos a la esencia de las cosas y nos guardamos de sutilezas innecesarias.

Es evidente que todas estas exigencias quedan satisfechas de inmediato si, en aquellos distritos del país que deban considerarse como teatro de la guerra, todas las ciudades más grandes y ricas situadas en las grandes carreteras que comunican ambos países entre sí son fortificadas, más particularmente aquellas adyacentes a puertos y bahías del mar, o emplazadas sobre grandes ríos y en zonas montañosas.

Las grandes ciudades y las grandes carreteras van siempre de la mano, y ambas tienen asimismo una conexión natural con los grandes ríos y las costas del mar; por consiguiente, estas cuatro condiciones concuerdan muy bien entre sí y no dan lugar a ninguna incongruencia; por otra parte, no ocurre lo mismo con las montañas, pues en ellas rara vez se encuentran grandes ciudades.

Si, por lo tanto, la posición y la dirección de una cadena montañosa la hacen favorable para una línea defensiva, es necesario cerrar sus caminos y desfiladeros mediante pequeños fuertes, construidos con este único propósito y al menor costo posible, reservando el gran gasto en obras de fortificación para las plazas de armas importantes en el país llano.

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