Que una bala de hierro a la que la pólvora ha comunicado una velocidad de mil pies por segundo destroce todo ser viviente que toca en su trayectoria es comprensible en sí mismo; no se necesita la experiencia para decirnos eso; pero al producir este efecto, ¡cuántos cientos de circunstancias están implicadas, algunas de las cuales solo pueden aprenderse mediante la experiencia!
Y el efecto físico no es el único que tenemos que estudiar, es el moral el que buscamos, y este solo puede comprobarse mediante la experiencia; y no hay otra manera de conocerlo y apreciarlo que por la experiencia.
En la Edad Media, cuando se inventaron por primera vez las armas de fuego, su efecto, debido a su tosca fabricación, era materialmente insignificante en comparación con lo que es ahora, pero su efecto moral era mucho mayor.
Es preciso haber presenciado la firmeza de una de esas masas instruidas y guiadas por Buonaparte, bajo el más intenso e ininterrumpido cañoneo, para comprender lo que las tropas, endurecidas por una larga práctica en el campo del peligro, pueden hacer, cuando mediante una carrera de victorias han alcanzado el noble principio de exigirse a sí mismas sus máximos esfuerzos.
En la pura concepción nadie lo crearía. Por otra parte, es bien sabido que en la actualidad hay tropas al servicio de potencias europeas que se dispersarían fácilmente con unos pocos cañonazos.
Pero ninguna ciencia empírica, y por consiguiente tampoco ninguna teoría del Arte de la Guerra, puede corroborar siempre sus verdades mediante la prueba histórica; también resultaría, en cierta medida, difícil fundamentar la experiencia en hechos aislados. Una vez que se halla un medio eficaz en la guerra, este se repite; una nación copia a otra, la cosa se pone de moda, y de este modo entra en uso,