señales, cañonazos, etc., sino simplemente por relevos de ordenanzas, el único método verdaderamente seguro.
Con una vanguardia avanzada tres millas por delante, nuestros acantonamientos podrían cubrir por lo tanto un espacio de treinta millas cuadradas.
En un país moderadamente poblado habría 10.000 casas en este espacio, lo que para un ejército de 50.000 hombres, tras deducir la vanguardia, supondría cuatro hombres por alojamiento, es decir, unos cuarteles muy cómodos; y para un ejército del doble de efectivos, nueve hombres por alojamiento, por lo que seguiría sin ser un acantonamiento demasiado apretado.
Por otra parte, si la vanguardia está a sólo una milla de distancia, sólo podríamos ocupar un espacio de cuatro millas cuadradas; porque aunque el tiempo ganado no disminuye exactamente en proporción a la disminución de la distancia de la vanguardia, y aun a una distancia de una milla todavía podemos contar con una ganancia de seis horas, la necesidad de precaución aumenta cuando el enemigo está tan cerca. Pero en un espacio así, un ejército de 50.000 hombres sólo podría encontrar un alojamiento parcial, incluso en un país muy densamente poblado.
De todo esto vemos qué papel tan importante desempeñan aquí las ciudades grandes o al menos considerables, que ofrecen la comodidad de albergar a 10.000 o incluso 20.000 hombres casi en un mismo punto.
De este resultado se deduce que, si no estamos muy cerca del enemigo y contamos con una vanguardia adecuada, podemos permanecer en acantonamientos, aun cuando el enemigo esté concentrado, como hizo Federico el Grande en Breslau a principios del año 1762, y Buonaparte en Vítebsk en 1812. Pero aunque al conservar una distancia correcta y mediante disposiciones adecuadas no tengamos motivos para temer el no poder concentrarnos a