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CAPÍTULO IX. Plan de guerra cuando el objeto es la destrucción del enemigo

este movimiento triple, lo que provoca retraso, indecisión y timidez en el avance de cada uno de los ejércitos. Es mejor asignar a cada parte su misión y situar el punto de unión únicamente allí donde estas diversas actividades se convierten en unidad por sí mismas.

Por tanto, cuando una fuerza militar avanza para el ataque en teatros de guerra separados, a cada ejército debe asignársele un objetivo contra el cual deba dirigirse la fuerza de su choque. Aquí la cuestión es que estos choques deben producirse desde todos los lados simultáneamente, y no que deban resultar ventajas proporcionales de todos ellos.

Si la tarea asignada a un ejército resulta demasiado difícil porque el enemigo ha dispuesto sus fuerzas de un modo diferente al esperado, si sufre una derrota, esto no debe ni tiene por qué influir en la acción de los demás, o volveríamos la probabilidad del éxito general en nuestra contra desde el mismo principio.

Es solo el resultado infructuoso de la mayoría de las empresas, o de la principal, el que puede y debe influir sobre las demás; pues entonces entra en la categoría de un plan que ha fracasado.

Esta misma regla se aplica a aquellos ejércitos y porciones de ellos que inicialmente han actuado a la defensiva y, debido a los éxitos obtenidos, han pasado a la ofensiva, a menos que prefiramos adscribir dichas fuerzas de reserva a la ofensiva principal, un punto que dependerá principalmente de la situación geográfica del teatro de la guerra.

Pero bajo estas circunstancias, ¿qué es de la forma geométrica y de la unidad de todo el ataque, qué de los flancos y la retaguardia de los cuerpos de ejército cuando los cuerpos contiguos a ellos son derrotados?

Eso es precisamente lo que deseamos combatir principalmente. Este encasillamiento de un gran plan ofensivo de ataque en un cuadrado geométrico es perderse en las regiones de la falacia.

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