El ataque a las fortalezas no puede, por supuesto, presentarse aquí bajo su aspecto como una rama de la ciencia de la fortificación o de las obras militares; solo tenemos que considerar el asunto, primero, en su relación con el objetivo estratégico con el que está conectado; segundo, en lo que respecta a la elección entre varias fortalezas; y tercero, en lo que respecta a la manera en que debe cubrirse un sitio.
Que la pérdida de una fortaleza debilita la defensa, especialmente en el caso de que constituya una parte esencial de esa defensa; que se derivan muchas comodidades para el atacante al apoderarse de una, dado que puede utilizarla como parque y depósito, y por medio de ella puede cubrir distritos de acantonamientos del país, etc.; que si su ofensiva tuviera que convertirse finalmente en defensiva, constituye el mejor apoyo para dicha defensiva: todas estas relaciones que las fortalezas guardan con los teatros de operaciones, en el curso de una guerra, se hacen suficientemente patentes por lo ya dicho acerca de las fortalezas en el libro sobre la Defensa, cuyo reflejo arroja toda la luz necesaria sobre estas relaciones con el ataque.
En lo que respecta a la toma de plazas fuertes, también hay una gran diferencia entre las campañas que tienden a una gran decisión y las demás. En las primeras, una conquista de esta índole debe considerarse siempre como un mal inevitable. Mientras aún falte por tomar una decisión, no emprendemos más asedios que aquellos que son absolutamente inevitables.