incertidumbre. En lugar de abrirse paso con el entendimiento por el estrecho sendero de las investigaciones filosóficas y las conclusiones lógicas para, casi sin darse cuenta, llegar a espacios donde se siente extraña y donde parece separarse de todos los objetos bien conocidos, prefiere permanecer con la imaginación en los reinos del azar y la suerte. En lugar de vivir allí de la pobre necesidad, se deleita aquí en la riqueza de las posibilidades; animado por ello, el valor despliega entonces sus alas, y la audacia y el peligro forman el elemento en el que se lanza como un nadador intrépido se precipita en la corriente.
¿Debe la teoría detenerse aquí y seguir adelante, satisfecha de sí misma con conclusiones y reglas absolutas? Entonces no tiene ninguna utilidad práctica. La teoría debe tener también en cuenta el elemento humano; debe conceder un lugar al valor, a la audacia, incluso a la temeridad. El arte de la guerra ha de vérselas con fuerzas vivas y morales, cuya consecuencia es que jamás puede alcanzar lo absoluto y lo positivo. Existe, por tanto, en todas partes un margen para lo accidental, y tanto en las cosas más grandes como en las más pequeñas. Así como hay espacio para este accidente por un lado, por el otro debe haber valor y confianza en uno mismo en proporción al espacio disponible. * Si estas cualidades se manifiestan en alto grado, el margen que queda puede ser asimismo grande. El valor y la confianza en uno mismo son, por consiguiente, principios esenciales para la guerra; en consecuencia, la teoría solo debe establecer reglas que dejen un amplio margen para todos los grados y variedades de estas necesarias y nobilísimas virtudes militares. En la audacia