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CAPÍTULO XXX. Defensa de un teatro de guerra (continuación). Cuando no se busca ninguna decisión.

Es evidente que el objeto de las primeras tres medidas es forzar en el enemigo la iniciativa y obtener el máximo provecho del estado de expectación, y este objeto está tan profundamente arraigado en la naturaleza de las cosas que sería una gran insensatez despreciarlo prima facie.

Debe ocupar necesariamente un lugar tanto más elevado cuanto menos se espere una decisión, y es el principio rector en todas las campañas de este tipo, aun cuando, en apariencia, pueda manifestarse un grado considerable de actividad en pequeñas acciones de carácter indeciso.

Tanto Aníbal como Fabio, y tanto Federico el Grande como Daun, han rendido homenaje a este principio siempre que no buscaron ni esperaron una decisión.

El cuarto esfuerzo sirve de corrección a los otros tres, es su conditio sine quâ non.

Pasaremos ahora a examinar estos temas con un poco más de detalle.

A primera vista parece un tanto absurdo proteger un ataque enemigo a una fortaleza colocando un ejército delante de ella; semejante medida parece una especie de pleonasmo, ya que las fortificaciones se construyen para resistir por sí mismas un ataque hostil.

Sin embargo, es una medida a la que vemos recurrir miles y miles de veces. Pero así es en la conducción de la guerra; las cosas más comunes a menudo parecen las más incomprensibles. ¿Quién se atrevería a calificar estos miles de casos de otros tantos errores basándose en esta aparente incoherencia?

La constante repetición de la medida demuestra que debe de provenir de algún motivo profundamente arraigado. Esta razón no es, sin embargo, otra que la señalada anteriormente, emanada de la pereza y la inactividad morales.

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