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CAPÍTULO IV. Del peligro en la guerra

Por lo general, antes de haber aprendido lo que es realmente el peligro, nos forjamos de él una idea más bien atractiva que repulsiva.

En la embocadura del entusiasmo, lanzarse sobre el enemigo a la carga —¿a quién le importan entonces las balas y los hombres que caen?—. Arrojarse, cegado por la emoción durante un momento, contra la fría muerte, sin saber con certeza si seremos nosotros u otro quien se le escape, y todo esto cerca de las puertas doradas de la victoria, cerca del fruto exquisito que la ambición sedienta anhela: ¿puede ser esto difícil?

No lo será, y menos aún lo parecerá. Pero tales momentos, que, sin embargo, no son obra de un solo latido, como se supone, sino más bien como las pócimas de los médicos, que deben tomarse diluidas y estropeadas por la mezcla con el tiempo; tales momentos, decimos, son muy escasos.

Acompañemos al novato al campo de batalla. A medida que nos acercamos, el trueno del cañón, cada vez más nítido, no tarda en verse seguido por el aullido de los proyectiles, lo cual llama la atención del inexperto. Las balas empiezan a golpear el suelo cerca de nosotros, por delante y por detrás.

Nos apresuramos hacia la colina donde se hallan el General y su numeroso Estado Mayor. Aquí el impacto cercano de las balas de cañón y el estallido de proyectiles son tan frecuentes que la seriedad de la vida se hace visible a través de la juvenil imagen de la imaginación.

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