Nos falta aún considerar la tercera parte de nuestro primer principio; esto es, mantener las partes subordinadas lo más posible en subordinación.
Mientras procuramos subordinar todas las operaciones de una guerra a un solo fin, y tratamos de alcanzarlo en la medida de lo posible mediante un gran esfuerzo, privamos a los demás puntos de contacto de los Estados en guerra entre sí de una parte de su independencia; se convierten en acciones subordinadas.
Si pudiéramos concentrarlo todo absolutamente en una sola acción, esos puntos de contacto quedarían completamente neutralizados; pero esto rara vez es posible, y, por lo tanto, lo que debemos hacer es mantenerlos dentro de tales límites que no provoquen la sustracción de demasiadas fuerzas de la acción principal.
A continuación, sostenemos que el plan de la guerra misma debe tener esta tendencia, aun cuando no sea posible reducir toda la resistencia del enemigo a un solo punto; por consiguiente, en caso de que nos hallemos en la situación ya mencionada de llevar a cabo dos guerras casi completamente separadas al mismo tiempo, una de ellas debe considerarse siempre como el asunto principal al cual deben dedicarse principalmente nuestras fuerzas y nuestra actividad.
Desde este punto de vista, es aconsejable proceder únicamente de forma ofensiva contra ese único punto principal, y mantener la defensiva en todos los demás. El ataque en ese lugar solo está justificado cuando es invitado por circunstancias muy excepcionales.
Además, hemos de llevar a cabo esta defensiva, que tiene lugar en puntos menores, con el menor número de tropas posible, y tratar de aprovecharnos de cada ventaja que la forma defensiva pueda ofrecer.