Si las guerras de los pueblos civilizados son menos crueles y destructivas que las de los salvajes, la diferencia surge de la condición social tanto de los Estados en sí mismos como en sus relaciones mutuas.
De esta condición social y de sus relaciones surge la guerra, y mediante ella la guerra queda sujeta a condiciones, es controlada y modificada.
Pero estas cosas no pertenecen a la guerra en sí misma; son solo condiciones dadas; y el introducir en la filosofía de la guerra misma un principio de moderación sería un absurdo.
Dos motivos impulsan a los hombres a la guerra: la hostilidad instintiva y la intención hostil. En nuestra definición de guerra, hemos elegido como característica este último elemento, por ser el más general.
Es imposible concebir la pasión del odio en su forma más salvaje, lindando con el mero instinto, sin combinarla con la idea de una intención hostil. Por otro lado, las intenciones hostiles a menudo pueden existir sin ir acompañadas de ninguna hostilidad de sentimiento, o al menos de ninguna hostilidad extrema.
- Entre los salvajes predominan los puntos de vista que emanan de los sentimientos; entre las naciones civilizadas, los que emanan del entendimiento; pero esta diferencia surge de las circunstancias concomitantes, de las instituciones existentes, etc., y, por lo tanto, no se encuentra necesariamente en todos los casos, aunque prevalezca en la mayoría.
En resumen, incluso las naciones más civilizadas pueden arder en un odio apasionado mutuo.
Podemos deducir de esto la falacia que sería atribuir la guerra de una nación civilizada enteramente a un acto inteligente por parte del Gobierno, e imaginarla despojándose cada vez más y más de todo