Incluso cuando, debido a las circunstancias, tenemos en vista alcanzar un fin muy grande con una fuerza muy pequeña, como, por ejemplo, tomar fácilmente una fortaleza importante, y se realiza otro ataque contiguo al ataque principal para ayudar a este último, eso ya no es una diversión. Cuando dos Estados están en guerra, y un tercero cae sobre uno de ellos, tal acontecimiento se denomina muy comúnmente diversión, pero un ataque así no se diferencia en nada de un ataque ordinario excepto en su dirección; por consiguiente, no hay motivo para darle un nombre particular, pues en teoría debería ser una regla denotar con nombres particulares solo aquellas cosas que son por su naturaleza distintas.
Pero si las fuerzas pequeñas han de atraer a las grandes, debe haber evidentemente alguna causa especial y, por consiguiente, para el objetivo de una diversión no basta meramente con destacar algunas tropas a un punto no ocupado hasta entonces.
Si el atacante, con un pequeño cuerpo de 1000 hombres, invade una de las provincias de su enemigo que no pertenece al teatro de operaciones y recauda contribuciones, etc., es fácil prever de antemano que el enemigo no podrá poner fin a esto destinando 1000 hombres, sino que, si pretende proteger la provincia de los invasores, deberá enviar en todo caso una fuerza considerablemente mayor. Pero cabría preguntar: ¿no puede un defensor, en lugar de proteger su propia provincia, restablecer el equilibrio enviando un destacamento similar a saquear una provincia de nuestro país? Por lo tanto, si el agresor ha de obtener una ventaja de este modo, debe comprobarse primero que hay más que obtener o amenazar en las provincias del defensor que en las suyas propias. Si este es el caso, entonces sin duda una diversión débil ocupará en el bando enemigo una fuerza mayor que la que compone la empresa. Por otra parte, esta ventaja disminuye naturalmente a medida que aumentan