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CAPÍTULO VII. Acción mutua y reacción del ataque y la defensa

Por esto sabemos ahora dónde buscar este punto fijo, fuera e independiente del efecto recíproco del ataque y de la defensa, y que se encuentra en la defensa.

Si esto es una consecuencia lógica, la defensa debe tener motivos de acción, aun cuando todavía no sepa nada de las intenciones del ataque; y estos motivos de acción deben determinar la organización de los medios de combate.

Por otra parte, mientras el ataque no sepa nada de los planes de su adversario, no existen motivos de acción para él, ni fundamentos para la aplicación de sus medios militares. No puede hacer otra cosa que llevar consigo dichos medios, es decir, tomar posesión por medio de su ejército.

Y así es también de hecho; pues transportar el aparato de la guerra no es usarlo; y el atacante que lleva consigo tales cosas, bajo la suposición bastante general de que puede necesitar usarlas, y que, en lugar de tomar posesión de un país mediante funcionarios y proclamas oficiales, lo hace con un ejército, no ha cometido aún, hablando propiamente, ningún acto bélico; pero el defensor que reúne su aparato de guerra y lo dispone con vistas al combate es el primero en ejecutar un acto que realmente concuerda con la concepción de la guerra.

La segunda cuestión es ahora: ¿cuál es, en teoría, la naturaleza de los motivos que deben surgir primero en la mente del defensor, antes de pensar en el ataque mismo? Evidentemente, el avance realizado con vistas a tomar posesión, que hemos imaginado ajeno a la guerra, pero que es el fundamento del capítulo inicial. La defensa debe oponerse a este avance; por lo tanto, en la idea debemos conectar dicho avance con el territorio (país); y así surgen las primeras medidas, de carácter más general, de la defensa.

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