Flanquear un ala, lo que se ha hecho mil veces, se considera aquí como prueba del genio más brillante, allí como prueba de la penetración más profunda, e incluso del conocimiento más abarcador. ¿Puede haber en el mundo de los libros producciones más absurdas?(*)
Aún resulta más ridículo si, además de esto, reflexionamos que el mismo crítico, de acuerdo con la opinión predominante, excluye todas las fuerzas morales de la teoría, y no permite que esta se ocupe de otra cosa que de las fuerzas materiales, de modo que todo debe quedar reducido a unas pocas relaciones matemáticas de equilibrio y preponderancia, de tiempo y espacio, y a unas pocas líneas y ángulos.
Si no fuera más que esto, de un asunto tan miserable no surgiría ni siquiera un problema científico para un escolar.
Pero admitámoslo: no se trata aquí de fórmulas y problemas científicos; las relaciones de las cosas materiales son todas muy sencillas; la recta comprensión de las fuerzas morales que entran en juego es más difícil.
Aun así, incluso respecto a ellas, solo en las ramas más altas de la Estrategia deben buscarse las complicaciones morales y una gran diversidad de magnitudes y relaciones, solo en ese punto donde la Estrategia linda con la ciencia política, o más bien donde ambas se funden en una, y allí, como ya hemos observado antes, tienen más influencia sobre el «cuánto» y el «cuán poco» debe hacerse que sobre la forma de ejecución. Cuando esta última es la cuestión principal, como en los actos singulares, tanto grandes como pequeños, en la Guerra, las magnitudes morales ya se han reducido a un número muy pequeño.
Por tanto, en la Estrategia todo es muy sencillo, pero no por ello muy fácil. Una vez que se determina a partir de las relaciones del Estado lo que debe y puede hacerse mediante la Guerra, el camino para lograrlo es fácil de encontrar; pero seguir ese camino sin desviarse, llevar a cabo el plan sin verse obligado a apartarse de él mil veces por mil influencias diversas,