La influencia de las montañas en la conducción de la guerra es muy grande; por consiguiente, el tema es de gran importancia para la teoría.
Como esta influencia introduce en la acción un principio retardatario, pertenece principalmente a la defensiva. Por lo tanto, lo discutiremos aquí en un sentido más amplio que el transmitido por la simple concepción de defensa de las montañas.
Como en nuestra consideración del tema hemos hallado resultados que en muchos puntos van en contra de la opinión general, nos veremos en la obligación de realizar un análisis bastante minucioso del mismo.
Primero examinaremos la naturaleza táctica del asunto, con el fin de alcanzar el punto en el que se conecta con la estrategia.
La infinidad de dificultades que conlleva la marcha de grandes columnas por caminos de montaña, la extraordinaria solidez que adquiere un pequeño puesto gracias a un escarpe empinado que cubre su frente y a los barrancos a derecha e izquierda que flanquean sus costados, son indudablemente las causas principales por las que se atribuye universalmente tanta eficacia y solidez a la defensa de las montañas, de modo que solo las peculiaridades del armamento y las tácticas en determinados períodos han impedido que grandes masas de combatientes participen en ella.
Cuando una columna, serpenteante como una culebra, se abre paso con esfuerzo a través de estrechos desfiladeros hasta la cima de una montaña, y la cruza a paso de tortuga, con la artillería y los conductores de carretas,