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CAPÍTULO IX. Batalla defensiva

Ahora bien, si es verdad que una victoria completa puede resultar de los elementos ofensivos que yacen en toda batalla defensiva, entonces no habría ninguna diferencia fundamental entre una batalla ofensiva y una defensiva, en lo que respecta a las combinaciones estratégicas; nosotros estamos, en verdad, convencidos de que esto es así, pero el asunto presenta un aspecto diferente.

Para fijar el tema con mayor nitidez ante la vista, para clarificar nuestra perspectiva y disipar así la apariencia a la que acabamos de referirnos, esbozaremos apresuradamente el cuadro de una batalla defensiva, tal como nos la imaginamos.

El defensor espera el ataque en una posición; para ello ha elegido un terreno adecuado y lo ha sacado el mayor partido, es decir, se ha familiarizado bien con la localidad, ha levantado fuertes enttrincheramientos en algunos de los puntos más importantes, ha abierto y nivelado vías de comunicación, ha construido baterías, ha fortificado aldeas y ha buscado lugares donde pueda formar a sus masas a cubierto, etc., etc., etc. Mientras las fuerzas de ambos bandos se consumen mutuamente en los diferentes puntos donde entran en contacto, la ventaja de un frente más o menos fuerte, cuya aproximación se hace difícil por una o más trincheras paralelas u otros obstáculos, o también por la influencia de algunos puntos dominantes fuertes, le permite con una pequeña parte de su fuerza destruir a grandes números del enemigo en cada etapa de la defensa hasta el corazón de la posición. Los puntos de apoyo que ha dado a sus flancos le aseguran contra cualquier ataque repentino desde varios frentes; el terreno cubierto que ha elegido para sus masas hace que el enemigo sea cauto, incluso tímido, y proporciona al defensor los medios para disminuir, mediante ataques parciales y exitosos, el movimiento retrógrado general que se produce a

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