Ponemos aquí fin a nuestro recorrido histórico, pues no era nuestro propósito repasar a la ligera algunos de los principios según los cuales se ha librado la guerra en cada época, sino tan solo mostrar cómo cada periodo ha tenido sus propias formas peculiares de guerra, sus propias condiciones restrictivas y sus propios prejuicios.
Cada periodo mantendría, por lo tanto, también su propia teoría de la guerra, aun cuando en todas partes, tanto en los tiempos primitivos como en los posteriores, se hubiera acometido la tarea de elaborar una teoría basada en principios filosóficos.
Los acontecimientos de cada época deben juzgarse, por consiguiente, en relación con las peculiaridades de su tiempo, y solo quien, menos a través del estudio minucioso de los detalles que mediante una visión certera del conjunto, sea capaz de trasladarse a cada época en particular, es apto para comprender y valorar a sus generales.
Pero este modo de hacer la guerra, condicionado por las peculiares relaciones de los Estados y de la fuerza militar empleada, debe contener todavía siempre en sí algo más general, o más bien algo completamente general, de lo que, por encima de todo, se ocupa la teoría.
El último período del tiempo pasado, en el cual la guerra alcanzó su fuerza absoluta, contiene la mayor parte de lo que es de aplicación general y necesario. Pero es tan improbable que las guerras de aquí en adelante tengan todas este carácter grandioso como que las amplias barreras que se les han abierto vuelvan a cerrarse jamás por completo. Por lo tanto, mediante una teoría que solo se detenga en esta guerra absoluta, todos los casos en los que las influencias externas alteran la naturaleza de la guerra quedarían excluidos o condenados como falsos. Este no puede ser el objeto de la teoría, que debe ser la ciencia de la guerra, no bajo circunstancias ideales, sino reales.