Por tanto, si en adelante en otro lugar examinamos qué debe hacerse tras la pérdida de una gran batalla, si revisamos los recursos que aún quedan, incluso en los casos más desesperados, si expresamos la creencia en la posibilidad de recuperar todo, aun en tal caso; no debe suponerse que con ello queremos decir que los efectos de semejante derrota puedan borrarse por completo gradualmente, pues las fuerzas y los medios empleados para reparar el desastre podrían haberse aplicado a la realización de algún objetivo positivo; y esto se aplica tanto a las fuerzas morales como a las físicas.
Otra cuestión es si, a través de la pérdida de una gran batalla, no se despiertan tal vez fuerzas que de otro modo jamás habrían cobrado vida.
Este caso es ciertamente concebible, y es lo que ha ocurrido de hecho con muchas Naciones. Pero producir esta reacción intensificada está fuera del ámbito del arte militar, el cual solo puede tenerla en cuenta allí donde pueda ser asumida como una posibilidad.
Si hay casos en los que los frutos de una victoria parecen más bien de naturaleza destructiva como consecuencia de la reacción de las fuerzas que tuvo el efecto de despertar a la actividad —casos que ciertamente son muy excepcionales—, entonces debe concederse con tanta más seguridad que existe una diferencia en los efectos que una y la misma victoria puede producir según el carácter del pueblo o estado que haya sido conquistado.