segunda forma es seleccionar como objeto de nuestras empresas aquellos puntos en los que podamos causarle al enemigo el mayor daño. Nada es más fácil de concebir que dos direcciones diferentes en las que nuestra fuerza puede ser empleada, de las cuales la primera debe preferirse si nuestro objeto es derrotar al ejército del enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si la derrota del enemigo está fuera de toda duda. Según el modo habitual de hablar, diríamos que la primera es primordialmente militar, y la otra más política. Pero si elevamos nuestra perspectiva al punto más alto, ambas son igualmente militar y ni la una ni la otra pueden resultar preferibles a menos que se adapten a las circunstancias del caso. La tercera, con mucho la más importante por el gran número de casos que abarca, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expresión no solo para explicar nuestro significado en pocas palabras, sino porque representa la cosa exactamente y no es tan figurativa como puede parecer a primera vista. La idea de desgaste en una lucha equivale en la práctica a un agotamiento gradual de las fuerzas físicas y de la voluntad mediante la larga prolongación del esfuerzo.
Ahora bien, si queremos vencer al enemigo por la duración de la contienda, debemos conformarnos con objetivos tan pequeños como sea posible, pues está en la naturaleza de las cosas que un gran fin requiera un mayor gasto de fuerza que uno pequeño; pero el objetivo más pequeño que podemos proponernos es la simple resistencia pasiva, es decir, un combate sin ninguna perspectiva positiva. De este modo, por tanto, nuestros medios alcanzan su mayor valor relativo y, por consiguiente, el resultado se asegura de la mejor manera. ¿Hasta dónde puede llevarse ahora este modo negativo de proceder? Claramente no hasta la pasividad absoluta, pues la mera resistencia no