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CAPÍTULO VIII. Comentarios finales

la guerra, pero no débil en relación con otros ejércitos en los que el entrenamiento se limita a meros ejercicios mecánicos de rutina. Regular de tal modo los ejercicios en tiempo de paz que incluyan algunas de estas causas de fricción, para que el juicio, la circunspección, e incluso la resolución de los distintos líderes puedan ponerse en práctica, tiene mucha mayor importancia de lo que creen aquellos que no conocen el asunto por experiencia. Es de suma importancia que el soldado, alto o bajo, cualquiera que sea su rango, no tenga que tropezar en la guerra con aquellas cosas que, al ser vistas por primera vez, lo sumen en el asombro y la perplejidad; si tan solo se ha encontrado con ellas una sola vez antes, ya con eso está medio familiarizado con ellas. Esto se refiere incluso a las fatigas corporales. Deben practicarse menos para acostumbrar el cuerpo a ellas que la mente. En la guerra, el soldado joven es muy dado a considerar las fatigas inusuales como consecuencia de faltas, errores y desconcierto en la conducción del conjunto, y a deprimirse y desanimarse como resultado de ello. Esto no ocurriría si hubiera sido preparado para ello de antemano mediante ejercicios en tiempos de paz.

Otro medio, menos completo pero muy importante también, de habituarse a la guerra en tiempos de paz es invitar al servicio a oficiales de ejércitos extranjeros que hayan tenido experiencia en la guerra.

La paz rara vez reina en toda Europa, y jamás en todos los rincones del mundo. Un Estado que ha estado mucho tiempo en paz debe, por lo tanto, procurar siempre conseguir algunos oficiales que hayan prestado un buen servicio en los diferentes escenarios de la guerra, o enviar allí a algunos de los suyos, para que reciban una lección de guerra.

Por pequeño que parezca el número de oficiales de esta clase en proporción con la masa, su influencia se deja sentir muy sensiblemente.(*k)

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