tiempo, mostrar la diferencia en los efectos producidos, según predomine mayor o menor unidad y coherencia en la dirección del conjunto.
Aunque la organización y el método de defensa de una línea defensiva de este tipo son temas tácticos, sin embargo, en relación con este último —que es el más cercano y emparentado con la estrategia—, no podemos dejar de hacer una observación que la campaña de 1787 nos ofrece.
Pensamos, en efecto, que por muy pasiva que de manera natural deba ser la defensa en cada punto de una línea de este género, no es imposible una acción ofensiva desde algún punto determinado de la misma, y puede no dejar de ser productiva de buenos resultados si el enemigo, como ocurrió en 1787, no es decididamente muy superior.
Pues aunque tal ataque deba ejecutarse por medio de diques y, por esa razón, no pueda ciertamente gozar de la ventaja de una gran libertad de movimiento ni de una gran fuerza de impulso, sin embargo, le es imposible al bando ofensivo ocupar todos los diques y caminos que no necesita para sus propios fines; y, por lo tanto, la defensiva, con su mejor conocimiento del terreno y hallándose en posesión de los puntos fuertes, debería ser capaz, a través de algunos de los diques desocupados, de efectuar un verdadero ataque de flanco contra las columnas del asaltante o de cortarlas de sus fuentes de suministro.
Si ahora, por otra parte, reflexionamos por un momento en la posición coartada en la que se encuentra el asaltante, en cuán más dependiente es de sus comunicaciones que en casi cualquier otro caso concebible, bien podemos imaginar que cada salida por parte del bando defensor que posea la más remota posibilidad de éxito ha de ser desde luego de gran eficacia a modo de demostración.
Dudamos mucho de que el prudente y cauto duque de Brunswick se hubiese arriesgado a aproximarse a Ámsterdam si los holandeses tan solo hubiesen realizado semejante demostración, desde Utrecht por ejemplo.