principales surgen siempre de los puntos de vista últimos de las dos partes, por decirlo así, de una conclusión de todo el hilo de ideas. Por esta razón puede haber una diferencia estratégica tal entre una batalla y otra, que apenas pueden considerarse como el mismo medio.
Ahora bien, aunque la infructuosa victoria del atacante difícilmente pueda considerarse un daño grave para la defensa, como el defensor no cederá voluntariamente ni siquiera esta ventaja —particularmente porque nunca sabemos qué accidente puede estar ligado también a ella—, el defensor necesita, por tanto, vigilar incesantemente la situación de todos sus cuerpos y puestos.
Sin duda, aquí todo depende en gran medida de que los comandantes de dichos cuerpos adopten las disposiciones adecuadas; pero cualquiera de ellos puede verse arrastrado a una catástrofe inevitable debido a órdenes desacertadas que le imponga el general en jefe. ¿A quién no le vienen a la memoria los cuerpos de Fouqué en Landshut y de Fink en Maxen?
En ambos casos, Federico el Grande confió demasiado en las ideas habituales. Era imposible que supusiera que 10.000 hombres eran capaces de resistir con éxito a 30.000 en la posición de Landshut, o que Fink pudiera resistir a una fuerza superior que se abalanzaba y lo abrumaba por todas partes; pero pensaba que la solidez de la posición de Landshut sería aceptada, como una letra de cambio, al igual que hasta entonces, y que Daun vería en la demostración contra su flanco motivos suficientes para cambiar su incosteable posición en Sajonia por otra más cómoda en Bohemia. Calculó mal a Laudon en un caso y a Daun en el otro, y ahí radica el error de estas medidas.
Pero, al margen de tales errores —en los que pueden caer incluso generales que no sean tan orgullosos, audaces y obstinados como sin duda se puede calificar a Federico el Grande en algunas de sus