Pero un mal adicional es que debemos decirnos que en los próximos diez años tal vez vuelva a haber una guerra de ese mismo género, a pesar de nuestra Teoría; y que esta Teoría, con una lógica rigurosa, sigue siendo totalmente impotente contra la fuerza de las circunstancias. Debemos, por tanto, decidir concebir la guerra tal como ha de ser, no a partir de una pura noción, sino dando cabida a todo lo de naturaleza extraña que se mezcla con ella y se adhiere a ella —toda la inercia y fricción naturales de sus partes, toda la inconsistencia, la vaguedad y la vacilación (o timidez) del espíritu humano—; tendremos que comprender la idea de que la guerra, y la forma que le damos, procede de ideas, sentimientos y circunstancias que dominan por el momento; de hecho, si queremos ser perfectamente sinceros, debemos admitir que esto ha ocurrido incluso allí donde ha adoptado su carácter absoluto, es decir, bajo Buonaparte.
Si debemos hacerlo, si debemos conceder que la guerra se origina y toma su forma no de un ajuste final de las innumerables relaciones con las que está conectada, sino de algunas entre ellas que por casualidad predominan; entonces se sigue, como algo natural, que descansa sobre un juego de posibilidades, probabilidades, buena y mala fortuna, en el cual la deducción lógica rigurosa a menudo se pierde, y en el cual es en general un instrumento inútil e inconveniente para la mente; entonces se sigue también que la guerra puede ser una cosa que a veces es la guerra en mayor y a veces en menor grado.
Todo esto debe admitirlo la teoría, pero es su deber otorgarle el lugar principal a la forma absoluta de la guerra, y utilizar dicha forma como un punto general de orientación, para que quien desee aprender algo de la teoría se acostumbre a no perderla nunca de vista, a considerarla como la medida natural de todas sus esperanzas y temores, con el fin de acercarse a ella donde pueda, o donde deba.