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CHAPTER III. The Combat in General

Si esta afirmación es correcta, entonces vemos que la idea según la cual la destrucción de la fuerza del enemigo es solo el medio, y otra cosa siempre el objeto, solo puede ser verdadera en la forma, pero que conduciría a conclusiones falsas si no recordamos que esta destrucción de la fuerza del enemigo está comprendida en dicho objeto, y que este objeto es solo una débil modificación de aquella. El olvido de esto condujo a puntos de vista completamente falsos antes de las guerras del último período, y creó tanto tendencias como fragmentos de sistemas en los cuales la teoría creía elevarse tanto más por encima del oficio cuanto menos suponía que necesitaba el uso del instrumento real, esto es, la destrucción de la fuerza del enemigo.

Ciertamente semejante sistema no habría podido surgir de no estar respaldado por otras falsas suposiciones, y de no haberse sustituido la destrucción del enemigo por otras cosas a las que se atribuyó una eficacia que no les correspondía con justicia.

Atacaremos estas falsedades siempre que la ocasión lo requiera, pero no podríamos tratar del combate sin reclamar para él la importancia y el valor reales que le pertenecen, y sin advertir contra los errores a los que la verdad meramente formal podría conducir.

¿Pero ahora cómo nos arreglaremos para demostrar que en la mayoría de los casos, y en los de mayor importancia, la destrucción del Ejército enemigo es lo principal? ¿Cómo nos arreglaremos para combatir esa idea extremadamente sutil que supone posible, mediante el uso de una forma artificial especial, efectuar a través de una pequeña destrucción directa de las fuerzas enemigas una destrucción mucho mayor de manera indirecta, o por medio de pequeños pero excelentemente dirigidos golpes producir tal paralización de las fuerzas del enemigo, tal dominio sobre la voluntad del enemigo, que este modo de proceder debe ser considerado como un gran atajo?

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