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CAPÍTULO IV. El combate en general

Los restos débiles de batallones ya desordenados son abatidos por la caballería, hombres agotados alfombran el suelo, cañones inutilizados y cajones de munición rotos son abandonados, otros, debido al mal estado de los caminos, no pueden ser retirados con la suficiente rapidez y son capturados por las tropas enemigas; durante la noche, numerosos soldados pierden el camino y caen indefensos en manos del enemigo, y así la victoria adquiere mayor consistencia corporal una vez que ya ha sido decidida. Aquí habría una paradoja, si no se resolviera de la siguiente manera.

La pérdida de fuerza física no es la única que sufren ambos bandos en el transcurso del combate; las fuerzas morales también se ven sacudidas, quebrantadas y se arruinan.

No es solo la pérdida en hombres, caballos y cañones, sino en orden, valor, confianza, cohesión y plan, la que entra en consideración cuando se trata de decidir si el combate puede continuar o no.

Son principalmente las fuerzas morales las que deciden aquí, y en todos los casos en los que el vencedor ha sufrido tantas bajas como el vencido, son estas las únicas.

La relación comparativa de las pérdidas físicas es difícil de estimar en un combate, pero no así la relación de las morales. Dos cosas la hacen conocer principalmente. La una es la pérdida del terreno en el que ha tenido lugar la lucha, la otra la superioridad de la del enemigo. Cuanto más han disminuido nuestras reservas en comparación con las del enemigo, más fuerza hemos empleado para mantener el equilibrio; en esto mismo se da al instante una prueba evidente de la superioridad moral del enemigo que rara vez deja de despertar en el alma del Comandante cierta amargura de sentimientos, y una especie de desprecio hacia sus propias tropas.

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