Decimos: un peso retardador, porque si la defensa no contribuye a fortalecer el ataque, debe tender a disminuir su efecto por la propia pérdida de tiempo que representa. Pero ahora bien, ¿no puede este elemento defensivo, que está contenido en todo ataque, ejercer sobre él una influencia positivamente desventajosa? Si suponemos que el ataque es la forma de guerra más débil y la defensa la más fuerte, parece deducirse que esta última no puede actuar en un sentido positivo en perjuicio de la primera; pues mientras tengamos fuerza suficiente para la forma más débil, deberíamos tener más que suficiente para la más fuerte. En general —esto es, en lo que respecta a la parte principal—, esto es verdad; en su detalle lo analizaremos con mayor precisión en el capítulo sobre el punto culminante de la victoria; pero no debemos olvidar que esa superioridad de la defensa estratégica se fundamenta en parte en que el ataque mismo no puede llevarse a cabo sin una mezcla de defensa, y de una defensa de un tipo muy débil; lo que el atacante tiene que acarrear consigo de este género son sus peores elementos; respecto a estos, lo que es válido para el conjunto, en un sentido general, no puede sostenerse; y por lo tanto es concebible que la defensa pueda actuar sobre el ataque positivamente como un principio debilitador. Es precisamente en estos momentos de defensa débil en el ataque, cuando debe introducirse la acción positiva del principio ofensivo en la defensa. Durante las doce horas de descanso que por lo general suceden a una jornada de trabajo, ¡qué diferencia hay entre la situación del defensor en su posición elegida, bien conocida y preparada, y la del asaltante que ocupa un campamento improvisado en el que —como un ciego— se ha abierto paso a tientas!, o durante un período de descanso más prolongado, requerido para obtener víveres
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CAPÍTULO II. Naturaleza del ataque estratégico
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