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CAPÍTULO III. El genio para la guerra

Su valor y su sagacidad actúan independientemente el uno del otro, no se dan la mano y, por esa razón, no producen la resolución como resultado.

El precursor de la resolución es un acto de la mente que hace evidente la necesidad de arriesgarse y, de este modo, influye en la voluntad.

Esta dirección tan peculiar de la mente, que vence cualquier otro temor en el hombre mediante el temor a vacilar o dudar, es lo que constituye la resolución en las mentes fuertes; por consiguiente, en nuestra opinión, los hombres que tienen poca inteligencia nunca pueden ser resolutos.

Pueden actuar sin vacilación en circunstancias desconcertantes, pero entonces actúan sin reflexión.

Ahora bien, por supuesto, cuando un hombre actúa sin reflexión no puede estar en desacuerdo consigo mismo debido a las dudas, y tal modo de acción puede de vez en cuando conducir al punto correcto; pero decimos ahora como antes, es el resultado medio el que indica la existencia del genio militar. Si nuestra afirmación le parece extraordinaria a alguien porque conoce a muchos oficiales de húsares resolutos que no son pensadores profundos, debemos recordarle que aquí se trata de una dirección peculiar de la mente, y no de grandes facultades de pensamiento.

Creemos, por tanto, que la resolución debe su existencia a una dirección especial de la mente, una dirección que pertenece a una cabeza firme más que a una brillante. Como corroboración de esta genealogía de la resolución, podemos añadir que ha habido muchos casos de hombres que han mostrado la mayor resolución en un rango inferior, y la han perdido en una posición más elevada. Mientras que, por una parte, se ven obligados a decidir, por la otra ven los peligros de una decisión equivocada, y como están rodeados de cosas

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